Celia en la revolución
-¿Sin tapa?
-¡Claro, hija! ¿No te has enterado aún? Pues los pobres muertos van mirando al cielo y con la barriga en punta fuera de los bordes de la caja...
-¡Calla! ¡Qué atrocidad!
Como yo vivo en las afueras y he estado varios meses fuera de Madrid no he advertido el proceso que ha seguido la forma de enterrar a la gente. Al principio se acabaron las telas negras para forrar las cajas hechas con tablas de cajones sin cepillar, y se cubrían con telas azules, o encarnadas, y hasta floreadas. Pero hasta las telas se terminan, o alcanzan tales precios que sólo se utilizan para otros usos más necesarios que para forrar las cajas de muertos, y estas quedan en su desnudez de madera de pino llena de nudos... Pero también se ha concluido la madera de cajones, y ahora las familias tienen que proporcionar al carpintero un armario o una cómoda, que casi nunca da bastante madera para la tapa.
-Es que el carpintero se queda con la madera para hacerse la comida...y lo peor no es esto, sino que los enterradores se niegan a enterrar por dinero.
-¿Y qué vais a hacer?
-No sé...mamá ha ofrecido medio kilo de garbanzos, y un sobrino del muerto lleva una cajetilla de cigarros. Con todo esto puede que se animen a coger la pala... y si no, tendrán que enterrarlo papá y la familia...
Desde que he sabido esto no puedo evitar la curiosidad cuando veo un entierro...y es verdad lo que dice María Luisa: por encima del borde de la caja se ve asomar la nariz, y el vientre, y hasta las manos cruzadas del fallecido, que debe ir disgustadísimo de esta exhibición.
Celia en la revolución / Elena Fortún
Valencina de la Concepción: Editorial Renacimineto, 2016. cap. 22; pàg. 276-277.

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